dimarts, 18 de desembre de 2012

La proeza de consolidar un orfanato en Uganda

Monserrat Martínez lo ha conseguido a través de su ONG ‘Ssenga Uganda’

¿Quién no ha cerrado los ojos alguna vez y se ha visto haciendo algo grande por los demás? ¿Quién, incluso con los párpados abiertos, no ha imaginado que era posible convertirse en fuente casi inagotable de solidaridad? Y, aunque pocas veces se da el paso de la quimera a la realidad, hay quien no sólo lo da sino que lo afianza. Es el caso de Montserrat Martínez Calleja, que llevaba tiempo pensando en la enorme penuria arraigada en el cuerno de África. “Es una zona del mundo de la que sólo nos acordamos en Navidad. Bueno, no está mal, porque más vale que nos sensibilicemos una vez al año que no ninguna, pero siempre la tuve muy presente, siempre supe que algún día haría algo allí”. Y ese día, como todos los días definitivos en la vida de cada cual, llegó. “Al principio, la idea era colaborar con las casa de la Madre Teresa de Calcuta, que están presente en todo el mundo, pero finalmente conocí una ONG de la que nunca había hablar, Malayaka house, que había trabajado en Boadilla y Majadahonda, en Madrid”. Fue así como se enteró Montse de que esta ONG mantenía abierto a duras penas un orfanato en Uganda que estaba a punto de echar el cierre. ¿El motivo? Una única persona se hacía cargo lo de 20 niños que vivían allí. Entonces cuando nuestra protagonista supo que aquello era una señal. Ya ha pasado poco más de un año. “Les pedí un poco de tiempo, que no cerraran, que me dejasen un poco de margen para ver qué podía hacer, y me fui para allá. Lo primero que hice fue abrir una cuenta y meter dinero. El resto, la verdad es que fue apareciendo en mi camino”. Así surgió la idea alumbrar esta ONG, ‘Ssenga Uganda’, cuya imagen son cuatro pares de pies descalzos que avanzan sin arredrarse. “Lo primero que se me ocurrió fue preparar un fiesta solidaria, con actuaciones, juegos, ventas de camisetas, pulseras, etc., de tal modo que la gente disfrutase, pasase un buen rato y, a la vez, generase dinero que pudiera servir para algo realmente bueno y grande”. Con lo que se obtuvo en el evento se reformó el orfanato: gracias a un grupo de voluntarios, se pintaron las paredes, se decoraron, se colocaron mosquiteras, se fumigó... Vamos, que la casa de acogida se convirtió en un humilde templete para aquellos niños que se quedaron sorprendidos y fascinados con la nueva imagen de su casa. Lo siguiente fue contratar a una plantilla de aunties, las mujeres que se dedican a cuidar niños, de manera que el personal fuera lo más estable posible, ya que son el gran referente de los niños, su familia directa. Hay seis contratadas, que reciben un sueldo de treinta euros al mes; siempre que se puede, se les paga una ‘extra’ por su dedicación. Silvia, Gloria, Naiga, Phoebbe, Teddy y Julie. Además, Ambros, que se ocupa de la seguridad del recinto, y George, que hace las veces de cuidador de la granja. ¡Porque el orfanato dispone de una granja! La idea es que los pequeños estén lo mejor alimentados posible. Así que por allí corren gallinas, gallos, pollos, y una vaca con su ternerito. “Gracias a Dios, un día, de la manera más casual del mundo, apareció Felipe, un padrino que decidió hacer una donación mensual importante; con esa aportación, más otra que subvenciona el coste del alquiler del orfanato, gracias a una pareja alemana, estamos haciendo más llevadera y feliz la vida de los niños. Porque son felices. Basta estar allí y ver cómo juegan, que no se cansan. Sin televisión, ni videojuegos, todo el día buscándose los unos a los otros...” La gente que quiera ayudar a esta ONG puede, por ejemplo, donar pañales. Parece algo pueril, pero en nuestra casa es importante. Por lo menos, para que los niños puedan llevarlos por las noches, evitando de ese modo roces incómodos. Montse está en contacto con los vuelos que salen para allá; “de ese modo les enviamos siempre todo lo que podemos, pañales sobre todo”. Si resulta emocionante ir descubriendo cómo alguien es capaz de iluminar de este modo la vida de los 21 niños que viven en el orfanato, aún hay más. Hay un colegio. Lo que se presentó como inevitable –no había solvencia para seguir costeando el colegio de los pequeños, y llevarlos a uno público era casi peor opción que no escolarizarlos- se convirtió en otro desafío: montar un pequeño colegio dentro del orfanato, que supervisan dos voluntarias alemanas, Rebekka y Johana. Este sueño, que sembró un día Montse y que un día la vida se encargó de que Montse le diera cuerpo, se llama ‘Ssenga Uganda’. ‘Ssenga’ es la palabra ugandesa para decir ‘madre’. Si quieres aportar algo de ti, adéntrate en cualquiera de estas dos direcciones de internet: * Página web de Ssenga Uganda * Página de Facebook de Ssenga Uganda