dilluns, 3 de setembre de 2012

Cuando la maternidad se convierte en delirio

Irene Vilar nos compromete con su última novela El lector debería acercarse a cualquier libro desprovisto de prejuicios, exponiéndose a ser modificado sustancialmente por aquello que está a punto de comenzar a leer. Pero hay libros que exigen un abajamiento de convenciones previo y taxativo, como el caso que nos ocupa, ‘Maternidad imposible’, de Irene Vilar (Lengua de Trapo). Sin ambages: el argumento gravita sobre la órbita del aborto. Pero analizado y desmenuzado desde su descarnada complejidad. Porque es una cuestión que, en abstracto, uno puede situarse a su favor o en su contra pero que, como tantos otros órdenes vitales, exige matizaciones. No espere nadie, no obstante, reforzar sus tesis iniciales. Más bien, Vilar consigue remover, aventar reflexiones. ¿Qué explica que alguien pueda abortar quince veces en diecisiete años? ¿Hasta qué punto condiciona la historia familiar que uno lleva en sus genes, en su memoria, en su cotidianidad más sutil? ¿De qué modo atrapan las raíces de un amor perverso por momentos, desigual en concepciones? ¿Qué precio se contrae por la libertad? ¿Qué es, a qué responde exactamente el derecho de elegir en la vida?

No es casualidad que la protagonista mencione en las primeras líneas su mapa sentimental, el libro ‘El último justo’, una historia sobre el Holocausto, de sedimentación lenta, que esparce la irracionalidad cometida y se resuelve en un impagable último capítulo. Y la canción ‘A horse with no name’, de América, un tema que repara en los desnortados, en los que buscan, se buscan (“fue el inicio de una serie infinita de intentos fallidos de ceñirme a un programa no estipulado por nadie, excepto por mí misma”). A partir de esas dos claves, más que reveladoras de la personalidad de quien sustenta la historia, vamos adentrándonos en una adicción insólita: la de quien, tras convertir el aborto en algo repetitivo y automutilante, se engancha. Los personajes ausentes ejercen una decisiva influencia, la madre de la protagonista, que se suicida arrojándose de un automóvil en marcha, la abuela, una suerte de icono patrio. “Convertí la ausencia de mi madre en una angustia benigna, en el anhelo de una vida libre de toda lucha de poder y, en lo personal, construí un mundo para mí misma a partir de esa esperanza y de ese olvido”. Como contrapeso, la masculinidad de los demás. Del padre, incapaz de respetar la fidelidad prometida (“podía hacerlas sentir necesarias e importantes durante un minuto y, al siguiente, preferir cualquier otra cosa a su compañía”); Miguel, el hermano drogadicto que roba sólo a familiares y que acaba siendo el aperitivo de una guadaña que le persigue desde la infancia; Cheo, que queda parapléjico, y Fonso, que consigue zafarse de la dependencia del caballo. Y, por supuesto, la del profesor que fascina, que subyuga, que epata: “no hay manera alguna de protegernos de las cualidades superiores de otra persona, excepto amarla” (la frase es de Goethe). La protagonista tenía dieciséis años. Él, “con ese aire de estar siempre de paso”, cincuenta. Aunque “la edad se mida en heridas”, la brecha generacional es mortal. También está la amiga infalible que espera en el camino, pese a haber sido confinada a un segundo plano distante y desolado. La madre de ésta, referencia de la sofisticación que no se adquiere en establecimientos sino que se rezuma casi inadvertida. No, nunca inadvertida, por eso se desea y se degusta. Y las hermanastras, tan luminosas y significativas al final de la novela. La pérdida del control sobre uno, la espera, la sumisión siniestra, el poder ejercido despóticamente, la espera, la falta de aire, la apuesta máxima a un número que no está en el tablero, la espera, el miedo a ser desplazada, la espera a que suene el teléfono y se él. De todo eso y más habla este libro. ‘Maternidad imposible’ es un camino de crecimiento, de maduración, de iniciación irreversible para alguien a quien los acontecimientos más importantes de su vida no ocurren excepto en su mente. Pero también es una historia estremecedora que nos recuerda que hay que cuidarse de las ideas de los demás. “Casi siempre están equivocadas”. Porque, como reza el pórtico, firmado por Pascal -¿quién si no él pudiera haber llegado a tan exquisita cavilación-: “El mal es simple, sus formas son infinitas; el bien es casi único. Pero hay una clase de mal tan difícil de identificar como lo que se llama bien, y este mal en particular pasa con frecuencia por ser u bien a causa de esta característica. En realidad, se necesita una extraordinaria grandeza de alma para alcanzarlo, tanta como para alcanzar el bien”.