dilluns, 23 de març de 2009

''El cáncer de cuello de útero me sonó a chino"


"Mi madre había tenido cáncer de ovario, pero eso del cuello del útero me sonó a chino". Pilar es una de las alrededor de 4.000 españolas que cada año reciben un diagnóstico de cáncer cervical, el segundo más frecuente en las mujeres después del de mama. Mientras los expertos siguen tratando de averiguar qué les pasa a las dos niñas de Valencia que recibieron la vacuna diseñada para prevenir esta enfermedad, elmundo.es ha charlado con quienes no han llegado a tiempo para contar con esta polémica protección.

Pilar tiene una hija de 20 años y, a pesar de todo por lo que ha pasado ella misma, reconoce que el caso de Valencia le preocupa, y que prefiere esperar a que todo se aclare antes de que la chica reciba los tres pinchazos establecidos para prevenir la infección por el papilomavirus. El mismo agente de transmisión sexual que ocasionó su cáncer hace cinco años y que en la mayoría de los casos, el propio sistema inmune es capaz de controlar por sí solo.
"Me habían hecho de todo para conocer el origen de mis fortísimos dolores de espalda, pensaban que era algo de columna, o cólicos en el riñón", relata esta mujer de 50 años. Nadie sospechó que había una causa ginecológica, hasta que un urólogo se topó con 'algo' que le obstruía el paso hasta los riñones.
Ese 'algo' era un tumor en el cuello del útero (el pequeño cono que separa la vagina del útero), medía casi 8 centímetros y en el momento del diagnóstico se encontraba ya muy avanzado, en la llamada fase IV-a. Por eso, el tratamiento de Pilar obligó a descartar la cirugía y centrarse en otros tres elementos: la radioterapia, la quimioterapia y la braquiterapia (una especie de 'radio' interna que deposita la radiación directamente en el interior del útero, en las proximidades del tumor).
La citología permite detectar las lesiones precancerosas en la mayoría de casos
Su caso es minoritario en los países desarrollados, donde los programas de citología permiten detectar la mayoría de los tumores en estadios iniciales. Y como explica el doctor Antonio González, oncólogo del centro MD Anderson de Madrid, esa diferencia repercute no sólo en el tipo de tratamiento, sino en el pronóstico de la enfermedad.
"La cirugía se reserva sólo para lesiones muy, muy precoces, en tumores de menos de 4 centímetros que no han invadido ningún tejido cercano". En cuanto a los porcentajes, la supervivencia varía desde más del 90% para los estadios iniciales hasta menos del 20% para los casos más avanzados, con invasión de la vejiga o el recto o bien metástasis a distancia, en otras zonas alejadas del organismo.
Optimismo y efectos colaterales
Por si enterarse de que tenía el segundo cáncer más frecuente entre las mujeres no fuese suficiente, Pilar andaba lidiando con una depresión causada por su reciente separación. A su cargo, una hija de 15 años y un chico de 10. "A pesar de todo, el cáncer me sirvió para salir del bache".
Con un optimismo que contagia, Pilar habla del cáncer "en segunda persona", de que "hay que tirar 'palante'", de que "la sala de espera de la quimio era un cachondeo por el buen ambiente con las otras mujeres", de que "no ha sido muy malo de llevar", de que "aparte de tener cáncer también tienes más cosas", de que sin la familia y los amigos no lo hubiese conseguido...
La enfermedad suele diagnosticarse como media alrededor de los 48 años en España; aunque un 47% de los casos se identifican en menores de 35 años. Según las estadísticas más recientes, el 95% de los 500.000 nuevos casos anuales se da en países en desarrollo. Sin embargo, como recuerda el doctor Andrés Poveda, del Instituto Valenciano de Oncología, "no hay que olvidar que incluso en España la cobertura de la citología no es universal, y sólo llega al 60%-70% de las mujeres".
A pesar de sus imperfecciones, esta prueba (también llamada test de Papanicolau) ha permitido reducir alrededor del 75% el número de casos en los últimos 50 años sólo en EEUU; pero también la mortalidad que provoca. En los últimos años, además, la introducción de la nueva (y polémica) vacuna para prevenir la infección por el papilomavirus, añade un nuevo aliado en la prevención de este cáncer. "Muchos se han empeñado en un debate baldío para desacreditar esta vacuna", señala Poveda, "porque creen erróneamente que su uso va a promover la promiscuidad".
Optimismo
El primer efecto que notó Pilar gracias al tratamiento fue la desaparición de los dolores de espalda, aunque 'de propina', el cáncer y las terapias le han debilitado la fuerza en las manos, le han retirado la menstruación, y le han cambiado algo el aspecto de los genitales ("la cara interna de los muslos se puso algo más tostada durante la radioterapia").
Pilar sigue yendo a sus revisiones cada seis u ocho meses ("yo sé que tengo cáncer, pero esto tiene la importancia que tiene"), tragándose como puede el miedo a la silla ginecológica (otro 'efecto secundario'), pero disfrutando mucho más de la vida que antes. "Voy al gimnasio, a andar, al teatro, al cine... Ya no me quedo en casa en chándal como antes", bromea.
"Aunque yo me tome esto ahora como un trago fácil, no lo es; y también hay momentos malos. Pero si no lo tomas con humor y positividad no lo consigues", apunta. Con tanto humor, que Pilar decidió 'bautizar' a su tumor, igual que el protagonista de la novela 'La sonrisa etrusca', de José Luis Sampedro. El de Pilar se llamaba Jerónimo, "como el indio".