dilluns, 9 de febrer de 2009

Muerte entre las nieves


La Cabeza del Cielo, así es como llaman los nepalíes al Everest. Sus 8.848 metros de altura lo convierten en el monte más alto del mundo, un excitante reto para decenas de escaladores que intentan su ascenso cada año. Algunos de ellos sucumben a la gran montaña y fallecen, la mayor parte de ellos en la llamada 'zona de la muerte' (por encima de los 8.000 metros). Un estudio analiza las circunstancias más frecuentes de estas muertes.

"Sentado a nuestra izquierda, a unos dos pies de un precipicio de unos 3.000 metros, había un hombre [...] no llevaba gorro ni guantes ni gafas de sol; no tenía máscara de oxígeno, regulador, pico, oxígeno ni saco de dormir ni comida ni agua [...] allí había un hombre, aparentemente lúcido, que había pasado la noche sin oxígeno a 8.600 m sin el equipo adecuado y apenas sin ropa. ¡Y vivo!". Así relató un grupo de montañeros el hallazgo de Lincoln Hall, que había sido dado por muerto el día anterior. Otros no tuvieron tanta suerte.
Entre 1921 y 2006, 212 personas se dejaron la vida en el Sagarmatha en 154 accidentes fatales, según las fuentes consultadas por los autores del estudio publicado en 'British Medical Journal', que incluyen noticias de periódicos, libros, la base de datos del Himalaya y páginas web, entre otras. Cuatro médicos, tres de los cuales habían coronado la cima de la montaña y uno que se dio media vuelta a 8.300 metros de altitud, han revisado toda la información disponible y han tratado de establecer las causas de estas muertes.
"Sabemos que escalar el Everest es peligroso, pero exactamente cómo y cuándo ha muerto la gente no se ha estudiado nunca", señala el director del trabajo Paul Firth, del Hospital General de Massachusetts. En el imaginario colectivo, las avalanchas y las caídas se presentan como una de las grandes amenazas para los escaladores pero, según las conclusiones de este estudio, son menos mortíferas de lo esperado.
Traumatismos
De las 192 muertes registradas por encima del campamento base, situado a 5.380 m, 113 se produjeron a consecuencia de un trauma, bien secundario a incidentes como una avalancha o bien por caídas. Sin embargo, un análisis más detallado sacó a la luz dos hechos. La mayoría de estos fallecimientos eran de sherpas y se podrían explicar por la mayor exposición de estos a las dificultades de la montaña (hacen más viajes para transportar material, etc.). Por otro lado, se percataron de que en los últimos 25 años el porcentaje de mortalidad atribuible a estas circunstancias era considerablemente más bajo (sólo se produjeron ocho óbitos).
En este periodo de tiempo, además, casi todos los exploradores superaron los 8.000 m, lo que significa que entraron en la 'zona de la muerte'. Aquí, la presión atmosférica alcanza valores tan bajos que la cantidad de oxígeno en el aire es cuasi incompatible con la vida. La mortalidad entre los montañeros no autóctonos en este cuarto de siglo fue del 2,5% para la ruta de Nepal y del 3,4% para la tibetana del noreste. Entre los factores asociados con el riesgo de morir están la fatiga extrema, quedarse rezagado y hollar la cima con el día más avanzado.
Las jornadas más letales son el mismo día del intento de hacer cima y el posterior. Muchas de estas muertes ocurrieron, sorprendentemente, durante el descenso. Los escaladores que perecieron en la nieve presentaban graves alteraciones cognitivas y ataxia (descoordinación motora), síntomas que casan con el edema cerebral de altitud, una condición que aparece cuando el organismo no se ha aclimatado a la falta de oxígeno. Los signos de edema pulmonar, que suele ser la causa de muchas de las muertes por el mal de altura, resultaron ser ciertos casos inusualmente raros.
Además, los montañeros fallecidos con síntomas de edema cerebral no habían manifestado los signos típicos del mal de altura, que suelen aparecer entre los 2.500 y los 5.000 metros (náuseas, vómitos, dolor de cabeza). "Posiblemente - señalan los autores- porque las personas que tuvieron estos síntomas se dieron media vuelta antes de subir a mayor altura". En altitudes extremas, además, la aparición de estos signos es variable (ya que la deshidratación los limita) siendo más relevantes las alteraciones de la consciencia y la ataxia.
"Estos datos proporcionarán una mejora en la seguridad para los sherpas y los montañeros", concluye otro de los autores, John Semple, de la Universidad de Toronto (Canadá). Pero lo importante, como ha señalado en alguna ocasión la célebre alpinista española Edurne Pasabán, es recordar que "esto es un deporte de alta competición y hay que prepararse acorde al reto".