divendres, 10 d’octubre de 2008

Recursos y valentía contra el dolor invisible

La salud mental es parte esencial de la vida de cada persona: condiciona su bienestar y el de su familia e incide en todos los planos de la vida. Los problemas de salud mental son una de las primeras causas de discapacidad y, por tanto, de dependencia.
Por ello, mejorar las situaciones complejas de los enfermos y de quienes conviven con ellos y les atienden debe ser una prioridad y una responsabilidad compartida. Siempre he tenido una especial sensibilidad y compromiso con este tema y me precio de tener amigas y amigos entre algunos de los admirables profesionales que les atienden.

En las últimas décadas se ha producido una gran reforma en la atención psiquiátrica, que no sólo ha convertido los manicomios en clínicas y hospitales psiquiátricos, sino que ha externalizado la atención de buena parte de los pacientes con patologías leves. Si bien es cierto que esto ha supuesto un avance en la aceptación de estas patologías mentales y una mejor integración del enfermo psiquiátrico leve, también es cierto que está provocando en el entorno de los enfermos nuevas situaciones y problemas.
A menudo se trata de enfermedades crónicas, con recaídas frecuentes, que provocan en los pacientes y sus familias una sensación de inseguridad, de miedo, de desconfianza en sí mismos, e incluso a veces, de desconfianza en la medicina y los profesionales. Son enfermedades en las que el diagnóstico precoz y su tratamiento son importantes, pero aún lo es más el mantenimiento de este tratamiento a lo largo del tiempo.
La enfermedad mental tiene una particularidad: el desgaste personal que comporta para los cuidadores debido a su duración y a que la enfermedad deforma rasgos que afectan a la personalidad. Es difícil evitar la erosión del entorno familiar.
El cuidado de los enfermos y personas dependientes recae habitualmente en las mujeres, que dedican muchas horas y durante muchos años a esta tarea y responsabilidad. A pesar de la fortaleza de muchas mujeres, esta responsabilidad les acarrea malestares invisibles.
La tendencia a atribuirse la culpa de cuanto sucede a su alrededor y la dificultad de decir «No» da lugar, entre otras cosas, a una estadística reveladora: las mujeres doblan a los hombres en número de casos de depresión y representan el 75% de los consumidores totales de somníferos o tranquilizantes.
Otro rasgo característico es la edad de las personas que se hacen cargo de los enfermos. Suelen ser los padres, especialmente las madres quienes al cansancio añaden la angustia de pensar «qué pasará cuando yo no esté». Los trastornos mentales tienden a aumentar. En el mundo los padecen 450 millones de personas.
En España un 9% ya los sufre, y un 15% los padecerá a lo largo de su vida. El estrés, el envejecimiento de la población y una sociedad exacerbadamente consumista, nos impiden ser optimistas en cuanto al porcentaje de personas que van a padecer trastornos de salud mental si no adoptamos las medidas adecuadas.
La paradoja de esta sociedad del éxito, es que a la vez provoca y esconde las enfermedades mentales. Un aspecto especialmente conmovedor de esta enfermedad es el estigma que lleva asociado. Con cierta frecuencia el paciente es percibido como violento o como un ser incapaz de decidir por sí mismo, lo que hace que muchas veces los enfermos y sus propias familias sientan vergüenza.
La discriminación y los estigmas se combaten mediante campañas de información pública para disipar las falsas creencias y de fomentar actitudes y comportamiento más positivos. La educación también en este ámbito es fundamental.
El papel de los poderes públicos y de los medios de comunicación de masas es crucial para revertir la situación. El Estado de Bienestar ha avanzado en esta dirección a través de su segundo pilar (el Sistema Nacional de Salud) y del cuarto, el aún incipiente Sistema de Atención a las Personas Dependientes.
La estrategia nacional aprobada en 2006 adopta un enfoque integral que combina la promoción de la salud mental; la previsión de la enfermedad; la erradicación del estigma asociado a la persona que lo padece; la atención a los trastornos; la coordinación entre administraciones; la formación del personal sanitario, y la investigación en salud mental, todo ello mediante un sistema de información y evolución.
Mientras, en Valencia la salud mental es una parcela prácticamente abandonada. Hay aproximadamente 15.000 personas con problemas mentales, pero los fondos que el Consell destina a la atención de los enfermos son claramente insuficientes y se reduce la atención a través de asociaciones y entidades (próxima al enfermo y su familia).
Un informe del Síndic de Greuges ya señalaba en 2002 que las unidades de salud mental están saturadas, falta personal y las instalaciones están obsoletas. Las cosas no han mejorado demasiado y se han desoído las recomendaciones del Síndic, entre otras la creación de una red de hospitales de día y de viviendas tuteladas; campañas de sensibilización; el fomento de la adecuada preparación de los cuidadores; o el impulso a las ayudas y servicios de respiro para familiares.
La principal advocación de Valencia es la Virgen de los Desamparados, de unos desamparados que en primer lugar fueron enfermos mentales. Valencia, que vio nacer el primer hospital psiquiátrico del mundo de la mano del Padre Jofre, ha de ser ejemplo de prevención, atención y cuidado a estos enfermos. Precisamente ante la Basílica se concentran con cierta frecuencia enfermos, familiares y profesionales para recabar atención y soluciones. Allí podemos compartir sus problemas y su dolor, comprobar su energía, entereza y generosidad.
Debemos asumir nuestra obligación hacia quienes padecen estas patologías, enfermos y familiares, comprender sus necesidades, favorecer el acceso a los sistemas de tratamiento y mejorar la atención. Es preciso involucrar a toda la sociedad valenciana, venciendo miedos, rompiendo estereotipos y atajando el dolor que aqueja a los enfermos y sus familias. Seamos valientes y atrevámonos a amar también la locura para reducir tanto sufrimiento invisible.