dimecres, 9 de novembre de 2011

Cómo estudiar una momia sin desenredarla

En 1850, Lord Londesborough imprimió una serie de invitaciones para una exclusiva reunión social que tendría lugar en su casa, en el 144 de la calle Piccadilly. "Una momia de Tebas será desenrollada a las dos y media", podía leerse en las cuartillas, describiendo lo que sin duda sería el plato fuerte de la fiesta. Las momias, hoy valiosas reliquias arqueológicas, no han gozado de este estatus hasta muy recientemente. En el Medievo eran trituradas y se comercializaban en forma de polvos supuestamente medicinales, para sanar hematomas o aliviar el estómago. Ya en la segunda mitad del siglo XIX, Mark Twain describía satíricamente el uso de momias "de 3.000 años de antigüedad" como combustible para locomotoras. En la actualidad no es fácil que un museo quiera desprenderse tan fácilmente de una de sus momias, pero las últimas técnicas médicas de imagen permiten desvelar algunos de los secretos que aún guardan los cadáveres embalsamados sin necesidad de destruirlos. Y lo bueno es que esta clase de tecnología no ha parado de mejorar, según acaban de constatar los encargados de estudiar la momia de un niño egipcio en la Universidad de Illinois (EEUU). La arqueóloga Sarah Wisserman y un equipo multidisciplinar de investigadores, compuesto por egiptólogos, un patólogo, un radiólogo y un antropólogo físico, acaban de llevar a su momia al hospital por segunda vez. La primera fue en 1990 y, gracias a los escáneres médicos, averiguaron que el cadáver pertenecía a un niño de entre siete y nueve años -aún conserva dientes de leche- y que aún mantiene íntegros sus órganos internos. Pero en esta ocasión han logrado unos resultados mucho más precisos y una mayor definición de las imágenes, lo que es una buena noticia no sólo para los arqueólogos, sino también -y sobre todo- para el ámbito sanitario. "La tecnología de diagnóstico médico ha experimentado tremendos avances en las últimas dos décadas", señala el doctor Joseph Barkheimer, que ha dirigido la nueva tomografía computerizada realizada a la momia, en el hospital de la Fundación Carle en Urbana. Análisis de carbono-14 "La resolución de imagen es casi 10 veces mayor de lo que era cuando escaneamos por primera vez a la momia en 1990", añade el experto. A esta prueba médica se han sumado análisis de carbono-14 de la madera que sostenía al cadáver, además de una reconstrucción tridimensional del rostro conducida desde el Centro Nacional para Niños Desaparecidos o Explotados (NCMEC) de EEUU. No se ha podido determinar, sin embargo, si el cuerpo perteneció a un niño o a una niña. Su cadera está fracturada, las manos cubren la pelvis y no se han podido obtener muestras de ADN, por lo que no hay modo de establecer una conclusión definitiva sobre su sexo. Se sabe, en cualquier caso, que vivió en torno al año 100 de nuestra era, en tiempos de dominación romana, y en la región egipcia de Fayum. Una lesión de gran tamaño en la nuca, que debió ser posmorten al no haber evidencias de sangrado, y la presencia de escarabajos enterradores ('Silphidae') en el cuerpo han mostrado que los embalsamadores "hicieron un trabajo miserable, o bien el cuerpo anduvo de un lado a otro antes de ser tratado", explica Wisseman. También se ha descubierto, gracias a imágenes de alta resolución que muestran los patrones de crecimiento en los huesos, que debió atravesar un periodo de desnutrición. Tinte rojo español No obstante, nada de esto significa que perteneciera a una clase baja. Al contrario, los análisis han identificado que las telas que viste el cuerpo poseen un tinte rojo proveniente de minas españolas, un objeto de lujo en aquel tiempo que apuntaría a una familia adinerada. La momia llegó a EEUU en los años 20, cuando aún era legal su comercio, y formó parte de una colección privada hasta 1989, cuando llegó al Museo Spurlock, adscrito a la Universidad de Illinois. Sarah Wisseman, que también es escritora, se hizo cargo de ella desde el primer momento. Como ella misma explica, otros museos se disputaron el botín, pero la ley impedía transportar de un Estado a otro un cadáver sin que el forense certificara su muerte. Como no se podía hacer sin destruir la momia, se quedó en Spurlock. Ahora, las modernas técnicas de imagen han permitido conocer cada vez más detalles sobre el cuerpo embalsamado. Pero no se ha determinado aún la causa de la muerte. Hará falta esperar como mínimo otra década, estiman los expertos, para que la tecnología médica avance significativamente y sea conveniente llevar de nuevo la momia al hospital. Quizás la próxima vez sea posible saber qué ocurrió con aquel niño -o niña- que habitó en Egipto hace 2.000 años y cuyo estatus económico -en teoría privilegiado- no le impedió pasar hambre. Ni sufrir después de muerto, según apuntan los investigadores, un embalsamamiento de lo más chapucero.